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Mi Historia

El hombre más sabio y culto que he conocido no sabía leer ni escribir, todas las mañanas sobre las 5:30, cuando la promesa de un nuevo día asomaba por Bobalén, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hacia el pasto docena de corderos de cuya carne se alimentaba él y su mujer.

Vivían de esta escasez mis abuelos paternos, de la pequeña cría de corderos, que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Zalea era su nombre, en el municipio de Pizarra. Se llamaba Salvador Gómez y Antonia Postigo esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba y el agua de los cántaros se helaban dentro de la casa, recogían del corral los corderos más débiles y se los llevaban dentro. Debajo de las mantas ásperas, el calor humano libraba a los animalillos de una muerte segura.

Aunque fuera gente de buen carácter, no eran  primores de alma compasiva; por lo que los viejos procedían así: lo que les preocupaba, ni sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.

Ayudé mucho a éste, mi abuelo, Salvador en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto de al lado de la casa y corté leña para la lumbre. Muchas veces fuí con mi abuela, también de madrugada, con rastrillos, paño  y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después había de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de veranos, después de la cena mi abuelo me decía: "Joseíto, hoy vamos a dormir los dos, debajo de la higuera".

Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo, surgía la claridad traslúcida de la vía láctea, el camino de santiago, como todavía se le llamaba por la aldea.

Mientras el sueño llegaba, la noches se poblaban con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la repuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato... ¿y después?

Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Salvador, era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta y me dirigía a la casa, donde mi abuela, me esperaba con un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño surgido de alguna de las historias de mi abuelo, ella siempre me tranquilizaba..."no hagas caso, sueños, sueños son". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ese que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José María al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre derecho, llegué a comprender que también ella, la abuela, creía en los sueños, sino como estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces ya vivía sola, mirando las estrellas, hubiese dicho estas palabras: "el mundo es tan bonito, y ¡yo tengo tanta pena de morir!". Como si la vida de pesadilla y continuo esfuerzo y trabajo que había sido la suya, en aquel momento, casi al final estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de una belleza revelada.

Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con corderos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida solo porque el mundo era bonito, gente, y ese fue mi abuelo Salvador, pastor, contador de historias, que al presentir que la muerte le venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Escribo sobre mis abuelos y tengo la certeza de que estoy transformando a personajes comunes en personajes literarios y es probablemente la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros, sus acnédctas con el lápiz.

Un abuelo pastor, una abuela medio sabia unos padres jóvenes y hermosos, una historia y una cultura unida a raíces del mundo rural y del campo.

¿Que otra genealogía puede ser importante? ¿En que mejor árbol me apoyaría?

Escribo estas palabras, hija, sin otra intención que reconstruir y registrar en esos instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mi, pensando que necesitaba explicarlo dónde vengo yo, y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y que poco a poco me he convertido. Ana, que sin estos personajes no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese sido nada más que un esbozo imprevisto. Ahora soy capaz de ver con claridad quienes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el oficio de vivir

Este es el comienzo de mi historia, de mis raíces y de que mis inicios son los más humiles pero también los más puros... ahora al lado suya o tuya seguiré escribiéndola... muchas gracias. JOSE MARÍA
 
Bobalen Ecológico

"...Cuando me preguntan si soy agricultor, siempre contesto que soy un hombre que no solo cultivo, sino también observo, me preocupo e intento dar armonía a mi entorno y que todo ello, me lleva con mi esfuerzo creativo a sacar frutos de mi huerta, sin mermar la fertilidad de la tierra y de proporcionar productos que contribuyen a la salud de los demás, sin contaminar la tierra, el agua, el aire que nos son esenciales, modelando la belleza del paisaje, alimentando el cuerpo y el espíritu. Sí, agricultor soy... De ahí nace Bobalén ecológico".

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